Cuando yo te parezco que no soy yo, sigo siendo persona, sigo queriendo respecto

Hoy, dia mundial del alzheimer, recupero este cuento que quise presentar a un concurso pero al final no pudo ser.

 

40 dias

Te veo amado Simón, nos veo. Estamos tumbados en la arena de aquella playa donde solíamos ir en verano. Ante nuestro veo nuestro pequeño y más allá del horizonte, el infinito.
Cierro los ojos y os oigo hablar, bromear, reír. Estamos solos. Noto cómo se me desliza suavemente la tirita de la camiseta y tu, querido, con ese saber hacer y con toda la sensibilidad del mundo vuelves a colocarla en su lugar. Me brindas un beso en el hombro. Me quieres, lo sé, no es necesario que me lo digas. Lo dicen tus ojos. Y doy un vistazo de nuevo al pequeño. Se mira el pañal, lo debe llevar  lleno porque se toca la nariz, como cuando sabe que ha hecho caca. Viene, me abraza, me besa en la mejilla. Tú, atento, has preparado ya una toalla. Es aquella toalla que te había bordado tu abuela cuando eras pequeño y llevamos siempre en el bolso. Desabrocho el pañal de nuestro pequeño Ot, que mira hacia el cielo, concentrado en la nube que nos pasa por encima y yo, suavemente, le limpio el culito.

Nos veo, querido, dentro del coche. Te detienes. ¿Por qué te detienes? Otra vez ese número. De nuevo ante la señal. De nuevo el 40 encofrado dentro del círculo rojo. Comienzo a sudar, sudor frío. Me lloran los ojos. Ya no estás. El pequeño tampoco. Ya no hay sueldo. Otra vez. Todo negro. Nada.

Abro los ojos. Veo la rendija de luz de la persiana que alguien debería haber arreglado desde hace demasiado tiempo. Ya es de día. Otra vez. Sigo atrapada. Con una cabeza con tantas cosas que decir y un cuerpo que no lo sabe expresar, que se mueve poco. Dan un golpe en la puerta y entra la auxiliar que viene cada mañana. Dice buen día, dice que me viste y me cambia. Yo quisiera explicarle el sueño de esta noche, quisiera que supiera con qué tacto mi querido me acariciaba y me respetaba cada parte de aquel cuerpo que para ella, tal vez, sólo es un trozo de carne ahora. Quisiera explicarle cómo disfrutaba de cambiar uno y otra vez los pañales de mi pequeño y que entiendo que no es lo mismo que tener que cambiármelo mí. Quisiera decir tanto y puedo tan poco.

Giro la cabeza tanto como puedo hacia la izquierda buscando la compañera de al lado. La han girado hacia mí y me mira fijamente. ¿Qué nos diríamos si pudiéramos hablar? ¿Seríamos amigas? Nos limitamos a mirar a los ojos cuando la ocasión lo permite, cuando alguien nos pone de caras.
Miro el techo de nuevo. Me avergüenzo cuando me limpian. Gritaría, pero me limito a mover la cabeza de un lado al otro y hacer un ruido sordo. Tranquila, Carmen, me dice la auxiliar. Tranquila, Carmen me digo yo, y miro el techo.

Me dejo llevar por otra auxiliar hasta el ascensor. Encontramos a la gran auxiliar que habla sobre lo que le ha pasado a la señora Celia esta noche. Dice que se lo han llevado en ambulancia. Y que cree que ya volverá porque mala hierba nunca muere. Cierro los ojos de indignación. Ellas ríen.

Me encuentro ante el ascensor con mi ángel, Silvia. Como cada mañana me besa. Un beso de todo corazón, lo sé, tan claro como cuando sabía que mi Simón me quería. Una vez en el piso del comedor me pregunta si tengo hambre. Ríe. Claro que debes tener hambre me dice. Sé que te comerías un buen croissant de chocolate, pero se nos han acabado. Me abraza y me deja en mi sitio.

Me toca esperar. Miro alrededor. Suspiro. Prefiero cerrar los ojos.
Buenos días me dice Margarita. Abro los ojos. Se sienta frente a mí, me pone el babero y una cucharada a la boca de papillas.Cuando no puedes comer nada más te acostumbras y las encuentras bastante buenas.
La Margarita habla con su compañera que alimenta a Francisco. Se explican que ayer vieron en la televisión que el rey había abdicado. ¡Casi me atraganto!¡Me ha entrado tos! ¿Abdicar el rey? ¿Podía ser real? Mi padre, que en paz descanse, hablaba soñador de la república. Seremos todos felices cuando no tengamos rey a quien alimentar, decía. La Margarita pone cara de enfadada, la he ensuciado de papillas al toser. Rio por dentro, por fuera suena un sonido sordo y, por primera vez en mucho tiempo me alegra no tener capacidad de expresarme.
No obstante hay alguien que me mira fijamente. Me hace media sonrisa. ¿Podía ser? ¿Podía ser que supiera que me estaba pasando por la cabeza? ¿Quién era?No la había visto antes.
Me acabo la papilla. Toca sentarse frente a la televisión. Me aburre. Cierro los ojos.

Te veo querido Simón, nos veo. Tenemos la cara y las manos arrugadas. Nos sentamos de lado el comedor de nuestra casa, donde éramos tan felices. No es necesario que nos digamos nada, lo sabemos ya casi todo el uno del otro. Me miras, me guiñas un ojo, te guiño un ojo. Tocan el timbre. No esperábamos a nadie. Te escucho reír, escucho los chillidos de los nietos. Siento la dulce voz de mi Ot y de su mujer. Preguntan por mí. ¡Estoy aquí!, llamo, ¡estoy aquí! Me giro y otra vez. Aquel número maldito, pintado en las paredes del lugar donde estábamos tan felices. No me sale la voz. Todo se oscurece.

Abro los ojos. A pocos metros está ella. El Alguien que no había visto antes. Habla con la doctora y no me quitan los ojos de encima. Hablan de mí, lo sé. Paro atención. Dice la doctora que hace diez años yo vivía sola en casa, le cuenta que me encontraron en el suelo, me ingresaron y que una vez volví en mí ya no podía hacer nada más que mover la cabeza de izquierda a derecha, hacer un ruido sordo y tragar y que mi estimado Ot decidió traerme aquí.

El Alguien me mira, se me acerca y me dice si estoy de acuerdo con lo que explicó la doctora. Que si es así, cierra una vez los ojos. Cierro una vez los ojos. Los abro y veo aún más cerca la doctora y al Alguien. El Alguien me dice que se llama Jordina y que puedo hacer más que eso, que puedo comunicarme, que puedo decidir. Y noto un estremecimiento en el corazón. Y noto que se me cae una lágrima.

¿Cómo? ¿Cuando? ¿Ya?, le preguntaría. La Jordina me pregunta si me ha gustado el desayuno. Cierro una vez los ojos. Si me gustaría tomar un vaso de leche. Giro la cabeza de lado.
Vienen todos los trabajadores de la planta. ¿Nos entiende? Siento alguien decir en el fondo de la sala. Como no se me ha ocurrido antes, dice la doctora. ¿Podemos hablar un momento?, pregunta la coordinadora de planta a Jordina. Jordina pregunta si es sobre mí que quiere hablar y le responde que sí. Jordina me coge la mano y le suelta un no. Que si quiere hablar sobre mí, tengo que yo estar presente y que tuviera cuidado de cómo manejaba las palabras. Creo que he sentido tragar saliva a la coordinadora. Rio por dentro. Me siento feliz y poderosa. Jordina me mira a los ojos y me dice que cambiarán mucho las cosas por aquí. Me sonríe, sonrío por dentro.

Ya no te veo Simón. Hace tiempo que ya no estás. Veo nuestro ya no tan pequeño Ot, que me abraza y llora y me pide perdón.Perdón madre, ¿me entiendes? Y yo quisiera decir que si, pero ya no puedo decir nada. Te vendré a buscar madre, me dice, te vendré a buscar. Sólo serán 40 días. Me besa en la mejilla y me abraza, te lo prometo, sólo 40 días. Y Ot ya no está. Me veo rodeada de gente que desconozco. Que me miran raro. Hablan ante mí de mí, creo que tiene alzheimer y no se entera de nada, siento decir. Me entra el pánico. 40 días aquí. Y ante mi pasa el día y la noche, una vez, dos veces, tres veces hasta 40 y llegados al 40 veo Ot. Me abraza, ya estoy aquí madre, me dice. Y se pone serio. Mira al suelo. Tiene algo que decir que le quita el sueño, lo sé. Madre, comienza y traga saliva. La directora del centro me ha dicho que te han visto tan y tan bien aquí. Ya sabes que soy mayor y no puedo hacerme cargo de ti. Hemos decidido que podrás vivir aquí, me dice casi entre lágrimas. Y yo, yo lloro por dentro. Me rompo. Y oscurece todo. Y veo el maldito 40 ante mí. Pero esta vez no sudo, no me estoy exaltando.

Abro los ojos. Tengo una extraña sensación. Entra más luz por la rendija de la que suele entrar. Giro la cabeza y veo a la compañera que gira como un tronco hacia mí. Y una voz que le va explicando que le hace en cada momento. Ahora le limpia entre los dedos, ahora le pone un poco de crema. Si no fuera porque sé que no puede ser, diría que ha sonreído.

Deben ir tarde, por eso aún no estoy cambiada. Si es así, el día se llenará de gritos. Suspiro impotente.
Buenos días Carmen, me dice la auxiliar de cada mañana. ¿Ya se ha despertado? Haremos algo, yo le pregunto y usted me cierra una vez los ojos si es que sí y gira la cabeza si es que no. Creo haber dejado respirar un segundo, ¿me había equivocado?.Cierro los ojos. ¿Ha dormido bien? Cierro. Me alegro mucho. ¿Le parece bien si lavamos y vestimos? Cierro. Mire, me dice, le quito el pañal. Si le hago daño, gira la cabeza de izquierda a derecha. Cierro y me siento feliz.

Miro hacia mi derecha, está la ventana y puedo ver la playa donde veraneábamos con Simón y Ot. Hacía mucho tiempo que no me atrevía a mirarla y admirarla. Hace demasiado tiempo que no la piso.
¿Puedo entrar? Siento una voz ya conocida desde la puerta. Cierro los ojos. Sonrío por dentro, es Jordina. ¡Buenos días Carmen! Me sonríe. Todo va bien por aquí. Cierro los ojos, la auxiliar responde que sí. Me gusta mucho el mar a mí, dice Jordina. ¿Te apetecería ir después de desayunar? Giro la cabeza de nuevo hacia la playa. ¿Quiero ir? No lo sé. No quiero sufrir. Tardo demasiado en responder. Jordina me dice que no sufra que me lo volverá a preguntar más tarde. Sonríe. Marcha.

Salgo por la puerta empujada en esa silla que desde hace diez años me hace de piernas. Nos cruzamos la gran auxiliar y entre ellas se miran y se dan los buenos días. Llega mi ángel. Me besa y entramos en el ascensor. Carmen, las cosas están cambiando. Dicen que para bien y que no cambiarán de golpe. Me han contado que es un nuevo modelo de asistencia donde lo más importante es usted, para así hacer realidad el eslogan del centro. Como en casa, pienso. Mi ángel me pregunta donde quiero desayunar y me da 5 sitios a elegir. Escojo cerca de la ventana. Miro alrededor. Sólo está Tomás ante la televisión. Él siempre quiere ver las noticias y no le permiten. Miro a través del cristal el mar. Tomás tenga el mando, cambie el canal a su gusto. Tomás ríe. Giro la cabeza. El rey abdicó anteayer, cita la periodista.

Será verdad que las cosas están cambiando. Buenos días, me dice Margarita.Hoy en el menú hay leche, café solo descafeinado, café con leche. Y para comer, papillas con miel, crema de manzana y requesón. Me pone sobre la mesa una hoja con la imagen de las seis cosas. Pasaré el dedo por encima de cada imagen y cuando quieras alguna de las cosas, mueves la cabeza, ¿te parece bien? Cierro los ojos. Muevo la cabeza cuando pasa por encima el café solo y el requesón. Sé que el requesón vendrá trituradisimo, y líquido, pero alguna traza habrá. Miro el mar. Sé la respuesta. Quiero ir. Quiero tocar la arena. Quiero sentir la brisa en la cara. Quiero cerrar los ojos y recordar aquellos días con mi querido Simón y con el pequeño de Ot. Quiero recordar sin despertar de golpe. Lo quiero. Lo sé. Lo quiero.

Margarita delante mío. Cierro los ojos. Han cambiado el café. Tiene cuerpo. Me entra por la nariz. Es aromático y tostado a pesar de ser descafeinado. Lleva dos. La miro. Me mira y sonríe. Yo también tomaré uno, me dice.Cierro los ojos. ¿Hacemos un brindis? Pregunta. Rio por dentro y cierro los ojos. Ella misma se choca las tacitas y me da el café a la vez que se le toma.

Es bueno, muy bueno. No es meado de burra como el café con leche de los días previos. Me siento feliz, muy feliz. Miro el requesón. Está bien triturado, pero no parece que hayan añadido agua. Viene la primera cucharada. La soporto a la lengua. Es requesón de verdad. Se deshace. Ya había probado este requesón antes. Es aquel requesón. de la quesería del callejón pequeño, cerca del paseo. Había comprado muchas veces antes de volver a casa.

Jordina ha entrado en el comedor. Desea buenos días a Tomás. Le pregunta cómo ha dormido y Tomás le cuenta que está muy feliz de ver las noticias.

Yo saboreo la última cucharada de requesón y por dentro doy las gracias a Margarita, que me limpia con delicadeza y me quita el babero.

Miro el mar. Hola Carmen de nuevo, me dice Jordina. ¿Me permite sentarse a su lado? Cierro los ojos. Bonito, ¿verdad? Me pregunta. Cierro los ojos. La miro fijamente y cierro los ojos. Esto es un sí, me sonríe. Cierro los ojos.

No te veo estimado Simón, pero te imagino. Estoy en la arena, sentada en una silla que permite que me desplacen, estoy en aquella playa donde solíamos ir en verano. Ante mí, imagino nuestro pequeño y más allá el horizonte, el infinito.

Cierro los ojos y parece que el viento simula su hablar, bromear, reír. Abro los ojos, estoy sola, Jordina me espera unos metros más atrás, me ha permitido este espacio, mi espacio.

Noto cómo desliza suavemente una lágrima por mi mejilla y quisiera que tú, querido, con ese saber hacer y con toda la sensibilidad del mundo la secaras. Me lanzaras un beso en el hombro. Me quieres, lo sé, estés donde estés me quieres, y yo te quiero y te querré. Imagino nuestro pequeño, que ahora no es tan pequeño. Aunque mantiene el pelo, es blanco y tiene un nieto con pañal, nuestro bisnieto, a quien con gusto le cambiaría todas las cacas.

Miro al infinito. Veo la calma. No hay señales del 40. No hay más días para contar. Estoy en casa.

Irene Garcia Fontalba

 

 

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